sábado, 16 de marzo de 2024

abuela

Entré en la casa de la abuela, hacía años que no entraba y estaba tal cual la recordaba, solo que faltaban rastros de ella. Las revistas ya no se apilaban en la mesita de afuera, ni en el banquito de adentro, ni sobre la mesa del comedor. Ya no había chocolate blanco en el freezer para que me lo robara a escondidas y comiera mientras en la tele miraba algún dibujito cartoon.

Entré en la casa de la abuela y ya no estaba su olor, tampoco su risa cómplice ni sus críticas duras pero constructivas ¡que dura que era la abuela para decirte las cosas! Una honestidad que a veces calaba hondo los huesos, y otras veces se sentía como un abrazo caliente en pleno invierno.


Entré a la casa de la abuela y fui derecho a la vitrina ¿cuándo fue que la abuela se convirtió en un montón de copas detrás de un vidrio, un montón de copas de vidrio delante de un espejo? ¿Copas? Las había de mil colores y tamaños, de las más antiguas hasta las más nuevas, recuerdos de la bisabuela Fanny y hasta anécdotas de casamientos y cumpleaños feliz. 


Entré a la casa de mi abuela Sofía y el presente se transformó en un montón de fotos blanco y negro: viajes, hijxs, familiares, judaísmo, dolor, dolor y dolor. ¿Al final será que las cosas son las que nos acaban narrando? Sofía para mi no es un montón de cosas, es Sofía... pero ese montón de cosas, ahora, en disputa, son lo que queda de Sofía para unos pocos.


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arrancármelo

quisiera un beso que me arranque de palabras                          ¿qué? quisiera palabras que se apelotonen en un be(ver)so             ...